3 feb. 2011

6.

Es curioso como los pájaros buscan alimento para sus crías y regresan y lo reparten todo racionalmente: a pajarito 1, media lombriz; a pajarito 2, la otra media. Son muy fieles a sus sentimientos y responsabilidades. Podría existir una fábrica de lombrices para facilitarles el trabajo, aunque me dan un poco de pena esos gusanos. Bien pensado, no estaría mal que los pájaros fuesen vegetarianos; a mí, de momento, las lechugas y las zanahorias no me provocan ningún tipo de sentimiento afectivo.

15 ene. 2011

5.

Desde la ventana de la cocina se ve un cacho de cielo. Hay un edificio muy muy alto que nos rodea y no nos deja ver casi nada. Me gusta que haya un edificio muy muy alto porque sino no se podría ver un cacho de cielo.

8 dic. 2010

4.

Creo que "dar la nota" es lo que viene después de agotar todas las posibilidades de "dar la lata". No sé qué es peor, pero mi madre siempre dice "dar la lata", porque parece ser que no tienen el mismo significado. Si das la lata es que molestas y eres tan desagradable para alguien en ese momento que te tiraría a la basura como una lata, sin reciclarte ni nada. Si das la nota es más probable que estés entre jóvenes, porque para los muy adultos no es "dar la nota", sino "hacer el ridículo" o "no tener vergüenza". Las notas no se reciclan, pero no tienes por qué tener más suerte si das más la nota que la lata.

2 dic. 2010

3.

El piso de Valencia es diferente. Tiene un pasillo muy largo y todas las paredes blancas, de las que pican. En el salón hay una mesa para cinco, una televisión que no funciona y dos puertas. En la cocina todo está dividido, los estantes de los armarios y de la nevera pertenecen cada uno a un comiente (persona que come). Los baños, en el pasillo, están muy juntitos, tanto, que si no hay toalla en uno, puedes ir a secarte con la del otro sin que se te caigan gotas al suelo –en serio.
Los domingos, y también algunos sábados, comemos con los vecinos; nosotros, los del piso diferente, nos sentamos en nuestro salón para cinco, y la familia feliz del piso de al lado, en el suyo. Estoy segura de que su salón es de para más, diría que para 300 ó 350 familiares. Son muy simpáticos, les llamamos la familia feliz porque siempre cantan y se dicen cosas bonitas, y decimos que comen con nosotros porque la pared que nos separa es tan fina como por ejemplo, una hoja de lechuga.
Me gusta el piso de Valencia, aunque sea diferente, porque entre tanto vecino y tantas toallas descolocadas hay un pequeño detalle que me hace recordar otras casas en las que ya he vivido antes o que me conozco muy bien: en los baños sigue habiendo más cepillos de dientes que personas que viven en la casa.

27 nov. 2010

2.

Creo que las mascotas pueden pensar y que a veces se cuestionan las cosas que hacemos. Es más, creo que se lo cuentan a los muebles, los del salón, por ejemplo, y que entre todos se ríen o comentan que somos para ellos como bichos raros –aunque ellos no deben de decir "bichos raros", claro, proque las personas no somos ni bichos ni muebles–. A lo mejor comentan que hoy nos encuentran más cansados o más altos o más guapos, e incluso puede que no sólo hablen de nosotros, tendrán también sus amistades o rivalidades. Quizás están en plena batalla cuando escuchan las llaves de la puerta –seguro que ésta grita muy fuerte para avisarles– o  celebrando una fiesta en honor al mantel porque por fin ha sido lavado.      

Me gustaría saber qué hacen exactamente los muebles y los animales cuando no hay nadie y también si se llevan bien entre ellos o cuáles son sus principios. No suelo disfrutar con asuntos ajenos, pero no me importaría conversar con lámpara de la mesa algún día –seguro que se entera de todo– y que me actualizara de las movidas de los muebles de mi casa. En realidad, creo que todo esto es imposible, pero me gusta imaginármelo porque sería divertido que hoy me hablara una silla y me dijera que la mesa de la cocina está hecha un lío porque hay un gato que se le insinúa y ella está loquita por la sal.

24 nov. 2010

1.

Una mirilla es un agujerito muy pequeñito por el que la gente mira cuando oye que se abre la puerta del ascensor. Se levantan y van y miran, y abren las orejas para escuchar lo que comentan esos individuos. Si son los vecinos, se realiza el seguimiento habitual –¿Bolsas? ¿Ropa nueva? ¿Dientes más blancos?–, si no lo son, es más emocionante, porque existe la posibilidad de aventurarse a averiguar de dónde vienen, a dónde van y cuánto tiempo van a quedarse. De momento, no sé qué pasaría si las puertas no tuvieran mirilla, pero estoy segura de que si tuvieran dos, sería una locura. Mi padre diría que una mirilla es una niña pequeñita que mira.